Ayer me enteré de que soy uno de los nominados al Botifler del año de Sant Cugat que otorga Arran, una asociación de jóvenes que “no quieren pasar por alto las atrocidades que se hacen en la ciudad”. Y aunque este “galardón” puede tener cierta similitud con los Razzies (los premios a los peores actores, guionistas, directores… que se dan en Hollywood), en parte, esta nominación me ha hecho sentir bienvenido a esta ciudad del Vallès Occidental, ya que, a pesar de ser hijo de Granollers y de acabar de aterrizar en Sant Cugat, dicha asociación me considera cirujano santcugatense, lo cual no deja de ser una buena acogida.

Según Arran soy candidato a Botifler porque (y cito textualmente) “la presión estética también es violencia de género” y porque me dedico a “promover cánones de belleza elitistas e inalcanzable para las personas” al crear en Sant Cugat “una clínica dedicada a la cirugía estética”. Así que para que los participantes en dicho “galardón” tengan la máxima información posible y puedan votar con total convencimiento me gustaría aclarar algunos aspectos de mi candidatura.

Primero, la clínica que inauguré en Sant Cugat en noviembre, está dedicada a la cirugía plástica, en general, y no exclusivamente a la cirugía estética. Ésta es una parte de mi especialidad, la otra es la cirugía reparadora o reconstructiva, a la cual también me dedico intensamente, tanto aquí (reconstrucciones postmastectomía o postraumáticas, reparación de cicatrices, deformidades genéticas o adquiridas, cirugía de género, síndrome de rokytansky, etc.) como en Guinea Bissau (quemaduras, labios leporinos, deformidades de nacimiento, etc.), donde trabajo con mi Fundación (FDrIM). De hecho, a esta nueva clínica es a donde traslado también la sede de FDrIM y desde donde vamos a llevar a cabo algunos de nuestros proyectos como el de lucha contra la mutilación femenina o el traslado de niños enfermos de Guinea Bissau para ser intervenidos en esta nueva clínica.

Por otro lado, no creo que me dedique a “perpetuar determinados modelos impuestos por la presión estética dominante” (mucho menos elitistas e inalcanzables, como sugieren) es más, en diversos artículos como el de “Falsa Belleza” (http://www.blogcirujano.com/2012/03/falsa-belleza/) he querido resaltar el peligro de la estrechez de miras de esos cánones de belleza que imponen ciertos medios de comunicación a través del peligrosísimo photoshop, con el que nos muestran rostros que no existen y que nunca existieron o cuerpos de curvas imposibles y de pieles inmaculadas. Siempre he abogado por la armonía en los rasgos y el contorno, sin importar la talla, y siempre he defendido que la belleza es un concepto muy amplio y atemporal que no debería sucumbir ni a modas ni a cánones.  Es más, si hay algo que tenemos muy claro en mi equipo médico es que cuando un paciente llega con unas expectativas inalcanzables, debemos desaconsejarle cualquier cirugía o tratamiento.

En la presentación de mi candidatura, Arran sugiere que desde mi nueva sede “que supura patriarcado” presiono a las mujeres para que se operen (por cierto, cerca del 30% de mis pacientes son hombres) o que influyo en ellas hasta tal punto que se someten a los tratamientos que yo impongo. Como no opero a menores de edad (a menos que sus padres lo soliciten, las acompañen y ellas lo deseen), entiendo que las pacientes que llegan a mi consulta son mujeres adultas, capaces, libres y conscientes de sus decisiones, que acuden a un médico, titulado y autorizado, porque sufren algo que ellas viven como un problema real y que, normalmente afecta a su autoestima, a su vida personal y, muchas veces,  esto acaba repercutiendo en su vida social y de pareja. Considerar que las mujeres (y los hombres supongo) que acuden a mi consulta o a la de mis compañeros, lo hacen sólo porque se les ha presionado estéticamente es tener un concepto muy bajo de su inteligencia y de sus capacidades, además de estigmatizarlas (por cierto, igual que no hace tanto se estigmatizaba a aquellos que acudían a un psiquiatra, por ejemplo).

Sin duda, lo que más me llama la atención es el paralelismo que se hace entre mi trabajo y la violencia de género. Por un lado, porque es un tema muy muy serio como para hacer ciertas equivalencias a la ligera. Es cierto que aquí lo vivo principalmente a través de las noticias o de las asociaciones de mujeres con las que colaboramos. Pero a través de mi fundación, trabajo en un país donde la mujer tiene todas las obligaciones familiares y sociales y a penas un puñado ridículo de derechos, en el que la violencia física contra ellas es algo tan habitual que ni siquiera es delito, donde el 50 % de ellas pasan por la horripilante cuchilla de la ablación cuando aún son unas crías y donde los matrimonios forzados de niñas de 10 o 12 años afecta a una de cada cuatro pequeñas. Así que, por favor, no hagan esa semblanza. Porque no sólo no creo que esté abogando por la violencia de género, sino porque intentamos luchar contra ella. Porque al hacer esa equivalencia no sólo se frivoliza sobre un tema muy serio y que nos debería preocupar a todos como sociedad, sino porque indirectamente se les está diciendo a las mujeres que desean mirarse al espejo y reconocerse, o que desean volver a tener dos pechos después de un cáncer de mama, o que, simplemente, desean reírse a carcajadas sin orinarse o disfrutar del sexo con su pareja, que no tienen derecho a ello, que lo hacen porque no tienen capacidad de decisión y que son víctimas de la violencia machista.

Y ahora, con toda la información, ya pueden hacer sus votaciones.

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