Hoy se celebra el Día Internacional de Tolerancia Cero contra la Mutilación Genital Femenina, una práctica ancestral que sufren más de tres millones de niñas cada año en el mundo y que pone en grave riesgo sus vidas tanto en el momento de la ablación como después. Más de tres millones de niñas sufriendo, ya desde muy pequeñas, una de las formas de violencia de género más crueles, pues las secuelas serán de por vida.

Y es que las complicaciones más habituales de la MGF son terribles: muerte por dolor, por hemorragia, por tétano o sepsis… durante los primeros días posteriores a la mutilación.  Es difícil imaginarse el dolor tan salvaje que puede suponer que a una niña le amputen el clítoris mientras las mujeres de la familia la sostienen con fuerza para que una anciana con una hoja de afeitar, un cuchillo o un vidrio afilado corten esa parte de su cuerpo. El clítoris es el órgano con más terminaciones nerviosas de la mujer, el que más placer puede otorgarle y, por tanto, también el que más dolor le puede infligir.

Pero si son lo suficientemente fuerte y sobreviven, después pueden aparecer lesiones graves en los tejidos genitales, retenciones de orina, relaciones sexuales dolorosas… Un dolor y unas infecciones que acompañarán a la niña (y después mujer) durante el resto de su vida y que se puede complicar con quistes, esterilidad y graves problemas durante la gestación y, especialmente durante el parto. Muchas de las mujeres que sufren la ablación no podrán parir por vía vaginal, las cicatrices que les provocará la brutal mutilación no dejarán que la naturaleza siga su curso durante los trabajos de parto y necesitarán una cesárea para que bebé y madre salven sus vidas. ¿Pero qué pasa cuando la mayoría de esas mujeres viven en zonas donde es imposible realizar una cesárea en las condiciones adecuadas o con personal cualificado? La respuesta es de una lógica desgarradora.

Desde la Fundación Dr. Ivan Mañero llevamos más de 10 años luchando contra esta práctica en Guinea Bissau, un país de África Occidental donde la Mutilación Genital Femenina afecta casi al 50% de las niñas y mujeres de entre 4 y 49 años. Allí, se trabaja desde diferentes vertientes, haciendo especial hincapié en la educación de los niños y niñas. Una educación que pretende influir en las generaciones futuras, porque, creemos, un cambio como este no se impone desde fuera, con leyes, sino que debe ser erradicado desde la conciencia.

Podemos pensar que esto nos queda lejos, que son prácticas de otras culturas, que esto nunca podría pasar en Europa. Pero no es así. En España, dónde esta práctica está prohibida y perseguida, se calcula que unas 17.000 niñas podrían estar en riesgo de ser mutiladas. Desde los servicios sociales y los cuerpos de seguridad se trabaja  muy duro para prevenirlo. Pero si niñas están en riesgo es porque sus madres ya la han sufrido. Y es ahí donde nosotros, desde la fundación, hemos querido ofrecer una solución creando un proyecto para reconstruirlas y mejorar así su calidad de vida. No estamos hablando exclusivamente, como muchos creen, de devolverles la posibilidad de sentir placer sexual (que porqué no, están en todo su derecho y nadie tiene derecho a privarles de él), sino también de eliminar esas cicatrices que les provocan dolor continuo, esas secuela que las hacen padecer continuos quistes, infecciones o retenciones de orina, dolores intensos durante la menstruación…

Cuando en 2012 pusimos en marcha este proyecto, algunas personas que también trabajan para erradicar esta práctica nos dijeron: “no vais a dar a basto, vais a tener unas colas larguísimas de mujeres que quieran reconstruirse”. Ya entonces, lo dudábamos porque conocíamos la presión por parte del entorno que pueden llegar a sufrir estas mujeres. Por ello, y contrariamente a lo que se pueda suponer, las mujeres que han sufrido la MGF no suelen buscar ayuda. Porque ellas no suelen exigir una solución ya sea porque la desconocen, porque lo tienen muy aceptado, porque no saben que los problemas de salud que sufren están relacionados con la mutilación,  porque su entorno no se lo permite o porque, culturalmente, creen que debe ser así. No se trata de presionar a nadie a reconstruirse. Pero sí ofrecer una puerta abierta a aquellas mujeres que sientan la necesidad de hacerlo. Una puerta que nadie tiene derecho a cerrarles.

Las mujeres que se someten a la reconstrucción genital son muy valientes. No sólo por intentar recuperar una parte de ellas que nunca las deberían haber arrebatado, sino por hacerse oír en un entorno que, normalmente, no las quiere escuchar. Por dar un paso al frente cuando otros las quieren detrás. Y si creemos que solo hablamos de mujeres africanas acabadas de llegar a nuestro país y que por ello no se atreven a reclamar lo que es suyo, nos equivocamos. Durante estos años he visitado a mujeres africanas recién llegadas, sí, pero muy pocas. Sobre todo he atendido a mujeres que llegaron hace muchos años y que a día de hoy son ciudadanas españolas, a hijas de esas mujeres que ya han nacido aquí y que ahora, con 20 o 25 años y en la Universidad, se niegan a renunciar a su salud y su bienestar físico y psicológico. Porque no lo olvidemos, el trauma psicológico es aún más importante. Aún queda mucho trabajo por hacer y por eso seguimos al pie del cañón.

Con el apoyo de la Obra Social La Caixa y de IM CLINIC, en Sant Cugat del Vallès, este proyecto de Lucha contra la Mutilación Genital Femenina en nuestro país sigue creciendo. En 2018, queremos ir un paso más allá: formar a médicos y comadronas, sensibilizar más la población, llegar a más mujeres y ofrecerles un apoyo que ahora no tienen, informarlas desde un entorno más cercano a ellas… en definitiva, crear herramientas para que ellas puedan, finalmente, ser las protagonistas de sus propios cuerpos cuando tomen la decisión de si quieren reconstruirse o no.

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